lunes, 8 de abril de 2013

El hombre imbécil.


El hombre imbécil




Había algún hombre en alguna época en algún lugar, un hombre con zapatos y con nombre, un hombre común y corriente, más corriente que común, un tipejo ambicioso que no conocía la suerte, y suerte que no la conocía, no conocía más que su lujuria acumulada de tantos años, meses, días, minutos sin amar. La casualidad que llega como la primavera llega tras el invierno, esa casualidad que mueve el universo, porque nadie asegura que nada es casualidad y todo pasa por algo que tiene que pasar, y aunque nada no significa nada y no existe, puesto que no es nada viene significando mucho, mucho más de lo que podemos pensar que nada puede significar y al final no significa nada.

Me he salido del camino y ya por nada, pero sigamos, se hablaba de casualidad que de pura casualidad pone en el camino del hombre a una dama llena de dulzura, que sin más cautivó al hombre, como serpiente venenosa al morder a un niño, contrajo el violento virus del amor, mas siempre fue ambicioso y nada tonto, pero esta vez era diferente, le mareaba pensar en la dama, y turbios mares de pirañas que rondaban por su estomago,  y él sabía que era amor, porque las mariposas nunca lo fueron, pensaba en besar sus labios rojos que eran como fresas rojas y frescas de la pradera, pero habría que hacer algo para poder hacerla rendir ante el poco encanto del sujetillo, echaba a andar la mente una y otra vez, vuelta tras vuelta y en un instante como rayo cae en el monte le llegó la estruendosa idea de cantarle una melodía, de cantarle una canción,

-                     -            ¡Con una hermosa canción la he de conquistar!

El hombre pensó, sin más la tarde cayó y el cielo se pintó obscuro, mientras la tarde apenas nacía para morir pronto el hombre salió con su guitarra, bañado en valor, bañado en inspiración, bajo el balcón se postró y las notas corrió, suave y dichoso  la canción cantó y su amor le declaró, pero la espada tan afilada que forjó se quebró ante un soplido de infamia y rechazo que ella le manifestó, como imanes de la misma carga le repeló. Triste y enojado, más enojado que triste, menos enojado que furioso, de su boca mandaba crudas maldiciones y volaban por todo el aire contagiando su bajeza y su desgracia, ah y vaya desgracia la del pobre hombrecillo imbécil.

Ah, qué hombre tan imbécil, tan pronto te has rendido y así rendido vivirás años, y años vivirás rendido, hasta que la muerte toque la puerta de tu hogar y te lleve de los pies. "Hombre imbécil, piénsalo muy bien, recuerda que es mejor morir en el intento que antes de intentarlo".

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